Tengo el corazón "partío" D. Antonío Machado


En un día de duro trabajo, cuando me iba a casa a descansar por aquellas cosas de la vida, me tocó cuidar a mis nietos. Salimos a dar un paseo, al cabo de media hora se hacía pesada mi tarea, tanto o más que la jornada de trabajo, por mi cansancio y mi lesión de columna. Quien conozca a mis nietos, dos varones de 6 y 3 años, sabe la efusividad y energía que tienen (imagino que a esa edad todos son más o menos igual de inquietos y traviesos). Caminando por las calles de Alcalá de Henares llegamos al antiguo monasterio de los Carmelitas que fue regentado en su día por Juan de la Cruz, místico y poeta español al que admiro. A la entrada de la capilla y al monasterio, hay un pequeño parque en el que mis nietos se entretuvieron jugando; al tiempo vi entrar unas personas en la capilla y al abrir la puerta escuché la música que salía del interior. Al momento me pregunté — ¿Nunca he entrado a ver esta capilla donde ministró y vivió esta ilustrísima persona?—, había llegado ese momento. Cuando me decidí a entrar, mis nietos vinieron detrás de mí y dentro nos encontramos a una orquesta musical dando un concierto espectacular; la iglesia llena, con gente de pie por los pasillos laterales y toda la parte trasera de la nave; mis nietos y yo nos quedamos impactados por la belleza de la música y el momento. Entonces mi nieto mayor, empezó a hacerme preguntas sobre algunas imágenes, el cepillo de las ofrendas, el confesionario etc., como estábamos cerca de la puerta y molestaba a las personas que escuchaban el concierto, lo saqué a la calle y le dije que dentro de la iglesia no podía hacerme preguntas porque molestábamos a las personas que asistían al acto. Mi nieto pequeño que se había quedado dentro, salió enfadado y con su lenguaje a medias palabras nos retó a los dos y nos dijo (señalando con su mano y fuerte énfasis) que teníamos que estar dentro escuchando la música. Le sugerí si mejor seguíamos con nuestro paseo, a lo que contestó con el mismo énfasis y determinación — no abuelo, vamos dentro a escuchar música—. Me sorprendió mucho su firmeza dada su corta edad, al tiempo que me agradó su actitud para poder seguir escuchando el concierto. Entramos en silencio, ambos se pusieron de rodillas en el pasillo central de la iglesia, cuando el director de la banda estaba explicando algo sobre el autor de la música y la letra de la siguiente pieza musical: «La Saeta» (si continuas leyendo esto hazlo por favor mientras escuchas esta pieza https://www.youtube.com/watch?v=d4gB0X3-I88).

El autor de la música es Joan Manuel Serrat y la letra de D. Antonio Machado. Cuando vi a mis nietos en silencio y tranquilos como extasiados por la belleza de la música y el ambiente envolvente y solemne, yo, recostado sobre la puerta también escuchaba la música con esa letra de denuncia sobre una tradición, bella, pero barroca, recargada y que nubla el entendimiento sobre el mensaje del mismo Jesús… Como decía, recostado sobre la puerta, como una saeta penetraba en mi alma el lamento de D. Antonio Machado sobre nuestro país y su gente, con la calidad de la música, el entorno envolvente, y el descanso que me produjo la relajación del cuidado de mis nietos, mis ojos se humedecían por el quebranto, al tiempo que levanté la mirada al techo de la capilla y vi la imagen de Juan de la Cruz que enseguida me hizo recordar su poema:

«Entréme donde no supe:

Y quédeme no sabiendo

Toda ciencia trascendiendo».


Empezaron a brotar las lágrimas de mis ojos que corrían por mis mejillas extasiado por el momento. Entré donde no esperaba y me sorprendió la belleza, el talento, espiritualidad y quebranto por su país de dos personas que admiro profundamente y el de una tercera, Joan Manuel Serrat que también, aunque no tanto.


El impacto emocional y de éxtasis se acentuó por varias razones: primero porque de Juan de la Cruz y de D. Antonio Machado hago referencia a sus poemas e inspiración en mi libro «La Biblia y Los Sueños», y por otro lado, la desazón que me produce la coyuntura política actual, que en el fondo no es muy diferente de la que él vivió entonces y por el peso de algunas tradiciones tan fuertemente arraigadas en el subconsciente colectivo de los españoles que han generado retraso y división entre nosotros, hasta tal punto que, una música y un poema de protesta, lo han convertido en el emblema de la Semana Santa.


En éxtasis, envuelto en el ambiente musical, me vi en un cruce de caminos con D. Antonio Machado cuando él dejaba España y se iba de este mundo, y yo en cambio me preparaba para venir y nacer en los reinos desunidos de las Españas; entonces, en ese encuentro al oído me susurró: —¿Yo vengo y tú vas…?—


«Ya hay un español que quiere

vivir y a vivir empieza,

entre una España que muere

y otra España que bosteza.

Españolito que vienes

al mundo te guarde Dios.

Una de las dos Españas

ha de helarte el corazón».


D. Antonio, estoy ardiendo en mi interior por mi país y por Cristo nuestro señor, y no me hielan el corazón, me arde de dolor y no por una España, sino por las dos. Unos con el puño cerrado, amenazando y gritando «muera España viva Rusia» y fusilando si pudieran a nuestro Redentor.



Los españoles hemos perdido la razón, unos la razón histórica, la razón de ser y no saben lo que son, el caso es reventar todo lo que sabe a España y lo español, ¿cabe mayor locura que traicionar su identidad patria, mercadear con las ideas y venderse a cualquier impostor? Estos D. Antonio, no resaltan lo habido y lo que hay de valor en nuestra historia para luego corregir el error, no, aman el desorden, el desgobierno, la intolerancia, aunque a todos con tal que les den su voto, dan la razón, para luego hacer según su parecer sin atender al respeto del que tiene otra opinión. Cuando escucho su poema D. Antonio, acompañado de esa armoniosa melodía, no puedo contener las lágrimas, se me rompe el corazón, y pienso también en los otros españoles que no saben vivir sin religión, sin el Vaticano, que más papistas que el papa son, ¿no tienen memoria histórica? ¿No saben cuantas veces el Vaticano nos traicionó que, hasta con el enemigo más acérrimo del cristianismo se alió con tal de combatir lo español? A pesar de todo, los reyes de España por defender y financiar al Vaticano hasta la bancarrota se empeñó. ¿No lo saben? — ¡que me pregunten y se lo cuento yo! — Como Quijotes delirantes, salvadores del mundo, llevando nobles y pesadas cargas humanas que ni Dios ni nadie les mandó, y por si fuera poco combatiendo la Reforma de la iglesia que Dios permitió. Como los buenos no quisieron apoyarla porque se creían más justo que Dios; sin embargo a uno que de justo no tenía nada la providencia sustentó y los fundamentos de un imperio nuevo constituyo.


Entre las dos Españas D. Antonio, tengo el corazón partido, roto de dolor y, yo también quisiera como otros ingratos no sentirme español, no amar a esta tierra donde la Providencia me hizo nacer aunque solo sea para no sentir este dolor.


Comparto aquí su poema D. Antonio, letra de esta hermosa interpretación, para que no digan otros que esto me lo invento yo:


Dijo una voz popular: «¿Quién me presta una escalera para subir al madero para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno?» Oh, la saeta, el cantar al Cristo de los gitanos siempre con sangre en las manos siempre por desenclavar. Cantar del pueblo andaluz que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz. Cantar de la tierra mía que echa flores al Jesús de la agonía y es la fe de mis mayores !Oh, no eres tú mi cantar no puedo cantar, ni quiero a este Jesús del madero sino al que anduvo en la mar!



¡D. Antonio! de este corazón partido y de otros muchos como el mío que claman al que anduvo e hizo caminos en la mar, brote una nueva España que alegre la profunda tristeza y ese roto corazón desde el que sus versos brotaron, y que así también alegren el corazón de Dios, dividido entre los que se colocan a su mano derecha, gente de altos vuelos, empecinados y religiosos de épocas, inquisitoriales y tiempos procesionales, y de los violentos de puño cerrado, voluntariamente situados a la mano izquierda de Dios, que fusilan a un Cristo de piedra, que prenden fuego a los conventos y que proclaman muera su propia nación.

Reitero pues, que me gustaría (y presiento que así será), que de este profundo quebranto naciera una nueva flor, una nueva sociedad, una nueva España que no deseara su propia muerte, ni tampoco la de ninguna otra nación, para que todos los que tenemos el corazón partido por esta España, no tengamos que irnos por los cerros de Úbeda ni exiliarnos en Francia. Y que podamos decir: ¡viva nuestra reina republicana! ¡viva nuestro rey monárquico! y que Dios guarde a España.


Desperté de mi éxtasis y volví a lo que llamamos la vida real, a la más inmediata, porque después de tres piezas de concierto mis nietos cansados de estar sentados en el frío suelo querían salir, y a petición una vez más del pequeño fuimos a tomar chocolate con churros, algo bien tipico de España; y como de momento no sabemos porque motivos no queda bien decir ¡viva España! (caso único en el mundo), aunque sí se puede decir ¡viva la república de Narnia! pues grité: ¡viva el chocolate con churros! el que mis nietos y yo como locos disfrutamos. ¡Viva el chocolate con churros! ¡Vivan mis nietos! Y que mucho tiempo lo vea yo.


Alfredo Manzano.


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